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Una cédula terminada en ocho

Daisy D’Amario

 

Señor de una cédula de identidad que termina con el número 8 habla: «¡…y cambiaron los malditos números de cédula en el Bicentenario! …llegué a la caja y no me vendieron».

—¿Qué le pasó? —Preguntamos, sobre todo por la palabra “malditos”—.

Domingo, 1 de marzo de 2015

Había ido al Bicentenario de Plaza Venezuela:[1] no tuvo tiempo de salir a comprar el viernes. Aunque le pareció raro, estaba contento porque no había el gentío que normalmente. Agarró su leche para niños, su leche completa, sus dos kilos de azúcar; estaba interesado también en carne y pollo pero no había. Conforme con la leche se dispuso a pagar… Ve que a la muchacha que estaba delante de él en la fila de la caja «la rebotaron». No escuchó perfectamente pero empezó a sospechar. Efectivamente, a él también lo rebotaron:[2] los números de cédula para la compra de los fines de semana ya no tienen la misma distribución que él conocía. Los sábados eran para las cédulas 0, 1, 2, 3 y 4; los domingos para las 5, 6, 7, 8 y 9. Ya no es así. No entiende el orden, pero «la cajera me dijo que me tocó el sábado». Entiende también que ahora será cada dos fines de semana cuando pueda hacer la compra en este establecimiento.

Contándolo, dice: «Me iré este viernes, ¿qué más?…». En viernes también le toca a su cédula. La distribución de Bicentenario, que tienen igualmente otros establecimientos, es: lunes los terminales de cédula en 0-1, martes 2-3, miércoles 4-5, jueves 6-7, viernes 8-9. Y antes, en los fines de semana, «se repetían otra vez todos, cinco y cinco».

Dice que volverá el viernes con bastante inconformidad… Luego se entiende porqué:

Viernes 06 de febrero de 2015

Se dirige a golpe de mediodía al Bicentenario de Plaza Venezuela. Se nota que acostumbra ir, que sabía la mecánica, los días de cédula y que habría mucha cola: «había como mil personas por delante». Cuando entra hay pollo. Y asume un método bastante común en las compras: «hay que llegar y hacer la cola para pagar de una», dada su longitud. Mientras cuenta este relato una señora mayor lo interrumpe para decirle cuál debe ser el procedimiento; él la interrumpe a su vez, porque ya se lo sabe: hay que hacerla con otros porque «te quitan las cosas». Así que hace la fila de la caja compartiendo el carrito con otros compradores, más necesario esta vez que ha ido solo. Lo comparte este viernes con «una pareja y dos mujeres». En su espacio del carrito pone los dos pollos, se pone de acuerdo sobre el arrime, y se dispone a buscar otros productos.

Cuando llegó ya no había leche. La leche parece su principal motivación para ir a comprar: repite frecuentemente «la leche para», «la leche de», y nombra a su chamo. Pero conoce la mecánica: se da una vuelta por las cajas mientras los compañeros cuidan la mercancía. Tiene suerte: encuentra un paquete de leche completa; sabe que a los clientes les devuelven artículos porque se exceden en el número establecido por persona. Lo coloca en el carrito, y las mujeres le preguntan dónde lo consiguió —sus otros compañeros, “la pareja”, ya tienen leche, habían entrado a las 10 de la mañana cuando había todavía—. Él les explica el método. Ellas le piden que les consiga algún paquete también. Se da varias vueltas, pero no hay.

Llega la carne al Bicentenario: así que se pone a hacer la cola de la carne, donde estaba uno de los miembros de la pareja. Para la entrega de la carne también confirman el número de cédula. Él está tranquilo, su cédula termina en 8, pero «a la esposa [de la pareja] una guardia le dijo que no arrechamente, ella se fue a buscar al marido que era al que le tocaba ese día». Con su carne se dirige también al carrito: ya no están ni sus dos pollos, ni su leche completa. Las dos mujeres tampoco estaban. Se habían llevado su buena suerte.

Al calor del momento sacó algunas cosas del carro. Pero terminó comprando la carne.

Viernes 13 de febrero de 2015

Otra vez a golpe de mediodía se llega al mismo Bicentenario. Parece que la tarde de los viernes lo dedica a las compras. Pero «la cola llegaba a la autopista». Se fue entonces «para PDVAL» (de Sarría confirmamos después), allí también los viernes son días para su número de cédula. Pero no compró nada.

Viernes 20 de febrero de 2015

No intenta con el Bicentenario este viernes. Va directamente al PDVAL,[3] y tiene suerte esta vez: «había leche, unas latas de tomates bien baratas, porque están a 300 y 400 bolívares…». Habla también de diablitos con tono de otro lujo que se iba a dar. No sabemos qué otros productos más encontró, pero dice: «calculé que me saldría en unos 500 bolos».

En la cola para pagar —sobre esta ocasión no hubo referencias al método del carrito compartido— un señor trata de calmar el silencio dando lecciones de política, «y de repente, pá-pá-pá, unos tiros». Le preguntamos: «¿Y la cola?», no nos entendió. Le repreguntamos pero en tono menos interrogativo: «Siguieron haciendo la cola». Entendió: «¡Claro!, era fuera, pero ¿quién iba a dejar sus cosas ahí?».

Llegó a la caja. Su suerte cambió allí. No aceptan la tarjeta de débito de su banco (nombra uno muy conocido) y no carga suficiente efectivo para pagar todos los productos: «…me llevé la leche». Le preguntamos si no sabía eso; nos dice que no, porque pagaba con efectivo «…y no había ningún papel. Me fijé bien antes de salir», y hace algunas referencias al local.

Esa respuesta detuvo a tiempo otra pregunta estúpida que estuvimos a punto de hacerle: «¿Y por qué no fue al cajero?». Y, afortunadamente, al principio de todo este relato también detuvimos la de si no leyó algún aviso sobre los cambios de los números de cédula para los fines de semana. Otro señor que escuchaba los cuentos finalmente le hace un comentario tal vez más consolador: «No te fue tan mal. A una señora le quitaron los pollos y ya los había pagado».


Este próximo viernes el señor de una cédula de identidad que termina con el número 8 irá...

 

 


[1] Gran Abasto Bicentenario de Plaza Venezuela, Caracas, Venezuela.

[2] Mientras escribimos esto otra persona nos relata que fue con su marido al Bicentenario de Terrazas, su cédula termina en 6 y la de él en 7. «Había cola pero corría», estaban vendiendo pollos, tres por persona, pero «en la caja no le dejaron comprar porque tiene la cédula vencida, estaba más arrecho».

[3] Establecimiento de la Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos (PDVAL).

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