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La larga marcha

Daisy D'Amario

 

Tal vez unos 600 metros separen a un supermercado del otro. Uno de ellos, de una cadena muy conocida en el país, no tiene ningún producto importante de alimentación: carne, pollo, huevos, granos, leche, harina de maíz, arroz, pasta o azúcar; tampoco de limpieza e higiene: detergente, jabón de baño, champú, papel higiénico. Así que la gente se afana con la pequeña cuesta para cubrir esos 600 que los separa del otro supermercado: "Parece que llegó un camión".

De lejos da la impresión de que andan todos juntos. Una enorme familia o grupo de amigos. Pero no: es una especie de competencia, se asemeja a un maratón, con pelotones, los competidores apiñados, y algunos que se desprenden por su mayor velocidad o porque se rezagan para hablar con un transeúnte:

—"Chamo, ¿dónde compraste el jabón?".

El aludido alza y sacude una bolsa con un paquete pequeño de Rindex:

—"Este lo compré hace como 4 meses. Vengo a lavar". Y señala un establecimiento de lavandería.

El pelotón está formado sobre todo por mujeres, mujeres pobres, algunas ancianas, y por niños(as). Los(as) más grandes caminan rápido hacia delante, como obedeciendo a la madre que dijo "Adelántate", pero algunos lo hacen con indecisión y voltean a ver a su progenitora al llegar a una esquina porque no conocen la zona.

La competencia se enfrenta a las condiciones de la ciudad. El pelotón sufre la precariedad de las aceras: sus huecos, su estrechez, por los carros y las motos que la ocupan. Lucha contra los carros que ruedan y no dan paso en las esquinas, y contra los motorizados y sus parrilleras(os) que se comen la flecha y llegarán más rápido al lugar al que este se dirige.

El pelotón llega así inevitablemente separado. Si no fuese por los de más de 100 metros de colas (la normal y la de adultos mayores y personas con discapacidad), y por la multitud a los alrededores, parecería que el supermercado está cerrado. Las santamarías están abajo. Excepto una, abierta a menos de la mitad y que controla un vigilante del supermercado.

A la final no se sabe claramente si ya llegó el camión con cosas importantes. Nadie sale del supermercado con bolsas que lo indiquen. Mientras van llegando los competidores preguntan "qué hay" o qué pasó con el camión: "No se sabe. No han descargado", responden algunos de los que están en cola.

Sin embargo, el supermercado adentro está full: hay gente comprando detergente líquido. Así que se establece la división del trabajo: mientras unas(os) se ponen en la cola, otras(os) ven si pueden entrar a comprar o a ver el precio de ese Ariel, o buscan dónde ubicarse en torno al supermercado. Hay gente sentada en las aceras y en los muritos de los edificios y establecimientos aledaños. Algunos mirones están pendientes de si llega algo cuando no le toca a su cédula, no es su día de compra. Pero la gran mayoría acompaña a alguien que está dentro del supermercado o que está haciendo la cola: se ponen en los alrededores las personas que ya no soportan el sol o estar de pie; quienes les correspondió el resguardo de las bolsas o de las motos con bolsas que se han ido llenando en un peregrinaje mayor al de los 600 metros; o las que están esperando por relevar a sus compañeras(os) siguiendo el consejo número 13 de La larga marcha: «Conservar las energías siempre que sea posible»: es bastante probable que haya que ir a buscar a otro lado.

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