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¿Quién teme a la cultura global?

Polly Toynbee

 

En ocasiones, parece como si una marea de la peor cultura occidental se extendiera por el mundo como un batido gigante de fresa. Qué manera de desparramarse sobre el planeta, dulce, empalagoso, homogéneo, lleno de números precedidos por la letra e, estabilizantes y glutamato monosódico, con idéntico sabor en Samoa, Siberia o Somalia.

Imaginémoslo en fotos de satélite, cada cañón y cada grieta de color rosa, y todo procedente de Estados Unidos. Igual que, en otro tiempo, los mapas del mundo eran de color rosa por las colonias del Imperio británico, ahora lo son por el batido de fresa norteamericano, porque la «globalización cultural», muchas ve­ces, no es más que sinónimo de americanización. Creadas por las mentes cocainómanas de los productores de Hollywood, las pelí­culas de Estados Unidos se han convertido en la plasmación de sueños universales: empalagosas, sentimentales, violentas y por­nográficas, llenas de gente hermosa y finales felices en los que el bueno siempre gana y Estados Unidos, también. Este batido mental se esparce por encima de las fronteras, las culturas y las lenguas, y da un toque Disney a todo lo que encuentra a su paso. Da la impresión de que hace falta ser talibán para resistir.

El viajero que atraviesa las extensiones desérticas del Sáhara acaba llegando a Tombuctú, donde el primer habitante al que ve lleva una gorra de béisbol de Texaco. Los peregrinos que van al Himalaya en busca del contacto supremo con la naturaleza, en el reino más lejano, se encuentran un Everest lleno de basura, latas, bolsas de plástico, botellas de Coca-Cola y todos los restos del excursionista moderno. Los exploradores que recorren el Ártico se quejan de los botes vacíos de detergente incrustados en el hielo. Tonv Giddens inauguró sus conferencias del ciclo Reith con la historia de una antropóloga que se dirigía a pie a un remo­to rincón de Camboya para un estudio de campo y se encontró, su primera noche, con que el entretenimiento no consistía en pasatiempos tradicionales del lugar, sino en ver Instinto básico en vídeo. Por aquel entonces, la película ni siquiera se había estrenado todavía en Londres. (Más adelante volveré sobre este asunto.)

La cultura global y sus desechos aparecen en todas partes, no queda nada sagrado, nada salvaje, nada auténtico, original o pri­mitivo. Los viajeros actuales hablan de vandalismo cultural, de godos occidentales que contaminan antiguas civilizaciones y tra­diciones intactas durante siglos. Si Occidente se hubiera pro­puesto deliberadamente llevar a cabo una misión de imperialis­mo global, seguro que habríamos escogido mejores embajadores culturales. Lo que ensucian las estepas y las sabanas no son pági­nas de Shakespeare ni partituras de Mozart, sino un logotipo inventado por algún publicitario para un producto inútil y engañoso de la temporada anterior o un fragmento de la insoportable canción de Titanic.

Este tipo de ideas sombrías y miedos morbosos son lo que denomino «pánico cultural». A todos nos asalta de vez en cuan­do, porque salta con facilidad cuando tropezamos con alguna nueva vulgarización abominable o un americanismo. El "pánico cultural" es pariente cercano del "pánico moral", (a la decadencia moral), el "pánico intelectual", (al entontecimiento) y el "pánico patriótico" (a la pérdida de identidad nacional). Estos miedos nacen de una veta muy rica en la psique humana que se remonta a los días de nuestra expulsión del Paraíso: el mundo va a peor. Todos nos deslizamos por un camino de rosas hacia la perdición y ya nada es lo que era. La generación de nuestros padres era mejor que la nuestra, y la de nuestros abuelos, mejor todavía. Por muchas mejoras que pueda haber en nuestras circunstancias físicas y materiales, no bastan para compensar todo lo que nos hemos empobrecido moral, espiritual y culturalmente respecto a nuestros antepasados. Ellos aprendían griego, nuestros hijos ven South Park, Ellos creaban su propio entretenimiento en torno al piano familiar, nosotros nos sentamos a ver Urgencias y Friends.

Ellos tenían tradiciones, nosotros queremos novedades. Ellos eran serios, nosotros sólo queremos divertimos. Nos falta la dis­ciplina necesaria para intentar cualquier cosa difícil, por eso somos más tontos, llenos de complacencia intelectual y perezo­sos. ¿Quién nos ha enseñado a ser vagos? Los mismos que nos han apartado de las cosas serias y nos han seducido con esa cosa rosa: los norteamericanos, por supuesto. La culpa es de ellos, que están extendiendo su escasa capacidad de concentración por todo el mundo.

A todas las generaciones les han escandalizado siempre sus jóvenes. En Hooligan , el sociólogo Geoffrey Parkinson repasa muchas generaciones y advierte que, en los textos de cada época, la moda y la cultura de los jóvenes siempre queda demonizada como signo inequívoco de que el futuro de la civilización está condenado en manos de esos vástagos decadentes. De los apren­dices a los teddv boys de los cincuenta, los mods, los punks , los góticos y los aficionados a la acid music, la generación siguiente siempre parece una degeneración: «pánico generacional», se podría llamar. Pero debe de ser imaginario. No puede ser verdad.

Porque nadie puede indicar con exactitud cuál fue la era perfec­ta, esa época dorada que deberíamos esforzamos en recuperar. Quizás algunas cosas empeoran, pero otras son mejores y, en realidad, a pocos les gustaría volver atrás.

El punto de vista del pánico cree que el declive cultural, intelectual y moral se ha extendido como una plaga a través del Atlántico por culpa de los norteamericanos, que carecen de rigor intelectual y fibra moral. El sexo se inventó en Estados Unidos, y los primeros en importarlo fueron los soldados obsesos que vinieron a Europa durante la guerra. Son ellos quienes siguen derribando nuestros límites de la decencia, sus películas, su música pop, sus pelvis giratorias que nos sexualizaron más que nunca, de forma que ya no hay nada que se mueva o respire sin que intervengan el sexo y las insinuaciones. Los que sienten páni­co moral suelen decir que la raíz de lo que llaman, con aire dra­mático, «el derrumbe de la familia", se encuentra en Estados Unidos, donde «nació» el divorcio. Y no hay más que ver cómo ha socavado ese «pilar fundamental de la sociedad". O cómo se extiende por todo el mundo, para desestabilizar otras culturas igual que ha transformado la nuestra hasta dejarla irreconocible. Hollywood vende sexo envuelto en forma de un amor romántico con final feliz: en las sociedades tradicionales, eso se traduce sencillamente en el libertinaje sexual y la destrucción de la fami­lia. El deseo de realizarse es el final de las obligaciones familia­res. Cuando la moral americana lleva a cabo su invasión, la reli­gión y la tradición retroceden: Incluso la religión norteamericana consiste en tonterías adornadas. Los viejos rigores del cristianis­mo envueltos y comercializados con un amable Papá Noel como Dios, un ángel guardián gratuito con cada libro de oraciones y un billete garantizado al cielo americano; nada de infiernos, o te devuelven el dinero. Este es el contenido del pánico moral en el mundo.

¿Alguna vez ha habido un imperio tan monstruosamente ambicioso y seguro de sí mismo? El imperialismo cultural de Occidente llega hasta los corazones, la conducta sexual, el espíri­tu, la religión. la política y la identidad nacional de todo el mun­do. Se produce al azar, sin planes maestros ni esquemas para construir el imperio, sólo con una despreocupación vaga y superficial que provoca la desesperación en sus detractores.

Por tanto, cuando pensamos en la globalización de la cultura, la mayoría de nosotros contribuimos con un batiburrillo de alar­mas muy arraigadas, de tipo moral, intelectual, político, espiri­tual, artístico y nacionalista, que se funden en un gran caldero de "pánico a la globalización». Provoca un profundo pesimismo res­pecto al futuro cultural de un mundo que está haciéndose horri­ble y homogéneo. Suscita el odio hacia Estados Unidos, porque, por mucho que se intente definir de otra forma, la globalización es, en general. la difusión de la cultura, las ideas, los productos, los espectáculos y la política de Norteamérica. Si una persona cree que Estados Unidos es fundamentalmente un lugar lleno de vulgaridad y avaricia, sensibilidad grosera y ambición global imparable, se estremecerá al pensar en el destino del mundo. Gran parte del debate sobre la globalización cultural es un deba­te disimulado sobre Estados Unidos y el valor o el perjuicio cau­sado por su influjo creciente.

En este capítulo voy a intentar abrirme paso en este océano de emociones y separar lo que, a mi juicio, tiene de bueno la glo­balización cultural, lo que tiene de peligroso, lo que es inevitable y lo que podría domesticarse v regularse en nuestro propio bene­ficio.

Ante una serie de cosas temibles, voy a intentar dejar de lado el pánico, pese a que, como todo el mundo, a veces me sien­to atemorizada por él. Voy a intentar distinguir entre el miedo pri­mitivo al empeoramiento perpetuo y las cosas que, de verdad, están empeorando de forma palpable. También introduciré algu­nas reflexiones sobre las concesiones mutuas entre las elites y la población en general en la globalización cultural, porque, en oca­siones, difundir más cultura puede significar diluirla, un hecho que tal vez deje a las elites consternadas pero que mejora la situación de los demás. Al final, cada uno de nosotros calcula su propio equilibrio entre lo que está mejor y lo que está peor, que seguramente depende más de nuestro carácter individual (opti­mista o pesimista) y nuestra perspectiva política (conservadora o progresista) que de unos «datos objetivos» que, francamente, son bastante escasos y dispersos: la cultura es voluble.

Para empezar, volvamos a la aldea camboyana de Tony Gid­dens y la antropóloga decepcionada que vio que Instinto básico había llegado allí antes que ella. Esta historia es un buen ejem­plo de nuestra visión etnocéntrica de la globalización. ¿Qué espe­raba encontrar? Tal vez, alguna antigua diversión tradicional, trovas de la vieja Camboya transmitidas de siglo en siglo por las voces de los ancianos del pueblo, mitos orales e historia viva en poemas y canciones. ¡Qué experiencia tan maravillosa, extraordi­naria y auténtica habría sido para ella! Cómo habría runruncado su grabadora, mientras, su pluma se deslizaba sobre unos gruesos cuadernos. Todo eso 110S lo habría traído de vuelta a Occidente, esas historias de vida camboyana en toda su pureza, un reflejo de nuestra propia naturaleza antes de que descendiéramos a la lla­mada civilización. Está claro que no habría pensado en quedarse allí para toda la vida, sólo ir de visita y llevarse a casa su botín académico. Para ella, una tarde viendo instinto básico fue una desilusión. Pero ¿y para los aldeanos? ¿Habrían preferido oír las canciones de la abuela una vez más, o ver la última película de Hollywood?

 Seguramente no es una decisión difícil. Más aún, si nuestra antropóloga se quedara allí para siempre, también ella empeza­ría pronto a soñar con el próximo cargamento de videos, en vez de otra sesión de campanas camboyanas. No hay más que leer las ácidas palabras de Jane Austen sobre las alegrías no tan grandes de las veladas musicales de su época, y daremos gracias por la existencia de los discos compactos.

Hay cierta falta de sinceridad etnocéntrica en nuestra preocu­pación por la conservación de las culturas tradicionales y nuestro desagrado por el hecho de que la cultura occidental invada las artes de otros pueblos. Los exploradores y turistas occidentales que van a lugares remotos se limitan a hacer una rápida visita y luego se apresuran a volver a Londres, París o Nueva York, así que nos gusta que otras personas sigan como están, mientras nosotros disfrutamos de las últimas novedades.

Nos inquieta que, precisamente por el hecho de visitar el lugar que amamos, vayamos a estropeado. Para creer en nuestra propia identidad elemental, necesitamos que exista una idea de los esquimales y los nómadas, los indios norteamericanos y los yanomami, que sigan viviendo de la forma más parecida posible a sus antiguas costumbres naturales. Nos garantiza que hay un estado «natural» de la humanidad con el que podemos volver a conectar cuando nos sentimos perdidos. De ellos robamos todo tipo de símbolos e ideas culturales --el misticismo oriental, la música bangra, las músicas del mundo, las ceremonias japonesas del té, las danzas suli, el batik tailandés, el tai chi- y degusta­mos un mélange exótico de tradiciones adaptadas y occidentaliza­das, a menudo reinventadas del todo para adaptadas a nuestras propias necesidades culturales. Los que temen a la globalización parecen querer que esas culturas tradicionales permanezcan como están para siempre, que sean un recurso permanente de primitivismo a nuestra disposición, aunque ellos, la gente «natural», puedan, o no, tener la posibilidad de decidir vivir de esa forma, dependiendo de las circunstancias y de las demás opciones rea­listas que tengan. En cuanto a los peligros de contaminación, la fecundación cultural cruzada es la esencia del arte: un arte está­tico es un arte muerto. Recuérdese el decreto de la Rusia zarista que, para protegerse de influencias extranjeras, prohibió durante siglos todo tipo de cuadros excepto los iconos tradicionales; la pintura rusa se osificó y murió.

El aburrimiento es lo que más empuja al ser humano a esfor­zarse. Es lo que nos separa de los animales, que se conforman con seguir viviendo de la misma forma hasta la eternidad, sin preocuparse por el progreso, la innovación, el cambio, la moda o la aventura. Esa sed humana por las cosas nuevas despierta con enorme facilidad en los habitantes de cualquier lugar del mundo, en cuanto entran en contacto con mundos que están más allá de sus estrechos horizontes. Si se les muestra una vida que no es la suya, se sienten atraídos hacia ella. En todas partes, la gente intenta dejar claustrofóbicas comunidades agrarias de subsistencia para ir en busca de las luces brillantes de una cosa distinta.

Es posible que haya una gran conspiración mundial para americanizar el planeta, una ofensiva de Coca-Cola en los rinco­nes más remotos, pero es indudable que, muchas veces, la reciben con una cálida acogida y tiran con la misma fuerza para que entre todavía más. (Recordemos los viajes al otro lado del viejo Telón de Acero, en los que todo el mundo pedía pantalones vaqueros o cualquier artefacto que simbolizara a Occidente.) Para ellos, el choque de culturas les atrae, pero a los occidentales nos puede avergonzar. Si visitamos un sitio de vacaciones en Gambia o Kenia, nos encontraremos alojados en enclaves que son répli­cas perfectas de la vida en Florida, plantificados en medio de tanta pobreza que los niños, que recorren kilómetros para llevar agua a sus casas, se detienen a pedir bolígrafos viejos ante las puertas -fuertemente custodiadas-del hotel. Probablemente, éste utiliza más electricidad que todo el barrio que lo rodea. No hay unas vacaciones que mejor puedan hacer sentir a los occi­dentales que sus vidas son codiciosas, perezosas, ricas y de des­pilfarro, pero infinitamente deseables para aquellos a los que se les niegan.

Naturalmente, quieren más de lo que tenemos nosotros. La globalización cultural, para ellos, significa aprovechar la oportu­nidad de tener nuestro estilo de vida acomodado, aunque, por desgracia, lo único sobre lo que pueden poner las manos es una gorra de béisbol. Tal vez sea relativamente fácil para los talibán y los iraníes más estrictos detener esta basura occidental antes de que cruce sus fronteras, prohibir la televisión y cualquier signo externo de decadencia. Pero saben que la verdadera batalla se libra en las mentes y los corazones de su propio pueblo: a no ser que la policía lo impida de forma despiadada, no pueden confiar en que sus ciudadanos no vean la televisión occidental.

¿Por qué? ¿Es sólo el grito de los pobres que reclaman más riqueza? Muchas veces, sin duda, es eso, pero puede que haya algo más importante detrás. En Ios cachivaches occidentales atis­ban no sólo un mundo de abundancia, sino de libertad y oportu­nidades: el sueño americano simbolizado en esa gorra de béisbol. Quizá sea una locura peligrosa, porque sabemos lo salvaje que es la sociedad occidental y lo que ha hecho Occidente para explotar v destruir las culturas nativas y distintas de todo el mundo. La "libertad" occidental, tradicionalmente, suele llegar como ha lle­gado a los yanomami de la selva: en forma de asesinos a sueldo y apisonadoras. Menudo sueño.

Sin embargo, para muchos otros, el sueño es real: las oportu­nidades aguardan en Occidente, aunque haya que nadar hasta ellas. Esas comunidades rurales tan armoniosas pueden ser so­focantes con sus rígidas jerarquías y su predestinación social inmutable para cada niño que nace. Marcharse puede ser peli­groso y tener peores consecuencias, pero el ancho mundo sigue siendo seductor y todos los cuentos de hadas comienzan con chi­cos que parten en busca de fortuna.

Cuando se trata de nuestros sentimientos sobre la cultura glo­bal, somos selectivos. Podemos lamentar las botellas de Coca-Cola pero seguimos teniendo un fervor misionero a la hora de difundir nuestros valores más importantes. En nuestra cultura política y social tenemos una forma democrática de vida de la que sabemos, sin la más mínima duda, que es mucho mejor que cualquier otra en la historia de la humanidad.

Con grandes defectos, tal vez, pero hasta ahora la mejor. La democracia liberal de Occidente es el único sistema, hasta el momento, que da la máxima libertad al mayor número. Predica­mos y luchamos para practicar una doctrina de libertad para las mujeres y el optimismo multicultural, que está lejos de ser perfecto, pero que probablemente es el mejor que hay. La sociedad urbana moderna, a veces, puede ser aterradoramente libre, alie­nadora y solitaria, pero (para quienes viven por encima de la pobreza más absoluta) ofrece una grata escapatoria de las presio­nes sociales, la superstición, el patriarcado y la jerarquía.

¿Es posible hacer proselitismo respecto a estas nuevas liberta­des y conservar, al mismo tiempo, lo mejor de las diferentes cul­turas? Seguramente no. Es posible que parte del encanto exterior de las viejas costumbres sobreviva a una cultura intelectual com­pletamente nueva, pero rápidamente esas tradiciones se converti­rán en una industria de falsos patrimonios cuando arraiguen las ideas occidentales. Hay concesiones mutuas entre el encanto de las antiguas monarquías, tiranías o teocracias y la difusión de las libertades democráticas.

¿Hay verdaderamente opción? Los autócratas decorativos sirven para tener bonitas postales, no para vivir bien. Estamos tan convencidos de la razón de la democracia que la mayoría de los occidentales creen que la perspectiva de que el mundo se rinda a sus méritos evidentes es sólo cuestión de tiempo. Los imames teocráticos, los dictadores militares, los demagogos de la limpie­za étnica y los escasos comunistas que quedan acabarán cayen­do. La inevitabilidad histórica está con nosotros y con la marcha hacia delante de la cultura de los derechos humanos. Pero eso también significa un grado mucho mayor de cultura globalizada; un precio que merece la pena pagar.

A medida que la democracia se extiende a través de las fronte­ras, a lo largo de los años, empieza a erosionar esas propias fron­teras y provoca en muchos el "pánico patriótico". ¿Qué esperan­za le queda a la cultura de la nación-estado si compartimos tanta cultura con los demás? Muy poquita. Poco a poco, centímetro a centímetro, Europa está empezando a construirse una identidad democrática que, si triunfa, reemplazará en muchas esferas los límites de sus naciones-estado. Es posible que las identidades nacionales se desvanezcan, pero eso no significa la extensión de una homogeneización insípida, sino todo lo contrario. Las fron­teras se difuminan debido a que se agudizan otras identificacio­nes más sólidas que unen a grupos concretos con lazos mucho más estrechos a través de los límites nacionales.

Un socialdemócrata británico tiene muchas más cosas en común con un socialdemócrata alemán que con un partidario de Thatcher que viva en la casa de al lado. Los admiradores de Mo­net o de Madonna tienen más en común, unos con otros, que con aquellos a los que un azar geográfico ha convertido en vecinos suyos. La comunidad de intereses, pasiones y creencias acabará importando tanto, al menos, como la mera topografía, ahora que podemos ir deprisa a cualquier lugar y comunicamos a la veloci­dad de la luz.

Las ideas de la ilustración proclaman que los elementos esen­ciales de la cultura son universales. Los derechos humanos uni­versales no conocen fronteras. Esto, desde luego, es anatema para quienes ya consideran que la Unión Europea es una mons­truosa invasión de la soberanía nacional. Pero entramos en una nueva era en la que la nación-estado va a ir perdiendo importan­cia. En cualquier caso, muchas veces, las naciones se crearon identidades culturales artificiales dentro de unas fronteras físicas arbitrarias.

La nacionalidad se ha impuesto a menudo con brutalidad, con la supresión de las lenguas minoritarias mediante las armas. La limpieza étnica intervino en el nacimiento de muchas nacio­nes: preguntemos a los irlandeses, los escoceses, los cornualleses o los galeses. Una nación-estado se inventa una historia semi­inventada y una identidad colectiva artificial que, a lo mejor; refleja el pasado auténtico de un número relativamente escaso de sus ciudadanos. El grito del nacionalismo pretende ocultar y sofocar intereses profundamente distintos de clase, sexo, raza, religión e ideología. La Kultur del Tercer Reich o la Gran Serbia está latente bajo la superficie de casi todas las emociones nacio­nalistas. Lo que une a una nación es la amenaza externa. Ahora que la amenaza ha pasado para las democracias occidentales, el vínculo de las naciones-estado empieza a debilitarse. Los últimos siglos crearon la nación-estado guerrera; el próximo siglo tal vez lo haga mejor y cree una alianza mundial, en constante expansión, de democracias repartidas por todo el mundo.

Las naciones europeas, que nunca sufrían inseguridades, están debatiendo quiénes son. Tony Blair hizo un embarazoso intento con su país joven y multicultural, todo lleno del último diseño y las músicas más nuevas: Britannia la moderna. Por lo menos, era un poco mejor -aunque no más acertada-que la visión de John Major con las solteronas en bicicleta camino de la iglesia, la cerveza caliente y los bates de criquet. ¿Qué somos? Los, europeos de hoy se conocen demasiado bien, tienen dema­siada variedad y son demasiado pluralistas como para estar dispuestos a aceptar una visión única de sí mismos. Científicos, artistas, músicos, programadores de ordenador y todos los demás especialistas están interesados, ante todo, por entrar en contacto con lo mejor, esté donde esté en el mundo, sin importar­les los puestos fronterizos. Del mismo modo, sus clientes y con­sumidores cruzan alegremente las fronteras para comprar lo mejor. Los activistas del ecologismo, la paz, las religiones o los movimientos de mujeres extraen su fuerza de la globalización de sus organizaciones y establecen vínculos de unos países a otros.

Para algunas cosas, es posible que quieran una transferencia cultural al plano más local, pero escogen partes de su identidad en diversos círculos concéntricos de poder y exigen lo mejor del nivel de poder que mejor puede ofrecerlo: la ONU o Europa para las campañas contra el vandalismo ambiental, el mundo para la tecnología de vanguardia, la región para el mejor especialista médico, las salas de la parroquia para las pequeñas decisiones de planificación.

En cuanto a los que sienten pánico moral por la forma en que la sexualidad occidental está corrompiendo las culturas más res­petables del mundo, hay que decir que se fijan sólo en el peor de los resultados, y no en los mejores. Sólo ven que la familia se ha desintegrado en Occidente, que el divorcio se extiende como la peste, con imágenes lascivas y escabrosas que cultivan la falta de respeto a la mujer y las viejas costumbres sexuales.

Para estas personas, la cultura globalizada significa planos de Sharon Stone sin bragas en una aldea de Camboya. La liberación sexual en Occidente sólo se juzga en su aspecto más chabacano, no por lo que es verdaderamente: el heraldo de libertades más importantes. Nos preocupamos de forma tan obsesiva por cómo contener sus repercusiones menos deseables, que nos olvidamos con demasiada facilidad de la libertad que representa. Mundos enteros de miseria y represión desaparecen cuando la gente adquiere la libertad de escoger a quién amar, con quién vivir y con quién casarse.

El divorcio exonera a las personas de errores desastrosos cometidos en los primeros años, las libera de relaciones inferna­les. Para mucha gente, la liberación de un matrimonio violento o profundamente desgraciado ha sido mucho más importante que la libertad política. ¿Quién no preferiría estar con la persona a la que ama en un régimen comunista, en vez de verse encadenado a un monstruo por las presiones sociales, en la democracia de los años cincuenta? La libertad personal puede ser todavía más importante que la libertad política.

La oleada de divorcios que sucede a la influencia cultural de Occidente no es una desafortunada enfermedad, sino parte inte­grante de la extensión de los derechos humanos, porque es, en todas partes, consecuencia de la emancipación de las mujeres. Así comenzó en Occidente, cuando las mujeres empezaron a ser libres para escaparse de matrimonios violentos, con malos tratos, desiguales e infelices. Cuando las mujeres consiguen ese poder, se sienten libres de hallar la fuerza y la voz necesarias para ser algo más que muebles por primera vez en su historia, y eso, a su vez, también libera a los hombres de la obligación de cuidar de ellas de por vida.

La ruptura de las leyes y costumbres que convierten a una mujer en la virginal posesión de su marido es el primer gran paso en la lucha por sus derechos. Modifica el vínculo familiar y las estructuras de poder de la familia tradicional para siempre. Los que consideran que la occidentalización es una invasión de las tradiciones antiguas suelen mirar el mundo a través de gafas masculinas. La emancipación de las mujeres es la revolución cul­tural más radical que el mundo ha conocido, ya que afecta a los aspectos más elementales de la humanidad.

Es una revolución que en Occidente está sólo a medio cami­no, con consecuencias perturbadoras para la sociedad v la incer­tidumbre sobre cómo va a terminar o qué ocurrirá con las familias en el próximo siglo. Esta revolución no estaba planeada: las mujeres se limitaron a expresar su voluntad en la práctica en cuanto tuvieron la libertad económica y social para hacerlo. Nuestras economías tienen que adaptarse todavía para garanti­zar a las mujeres la misma posibilidad que los hombres de ganar­se el sustento de ellas y de sus hijos.

Esta separación ha creado un enorme problema para los gobiernos occidentales, entre otras cosas, una gran factura de seguridad social para ayudar a los niños a los que las madres no pueden mantener por sí solas. Pero no hay marcha atrás y todas las mujeres del mundo se van uniendo a este camino. La globali­zación cultural significa un feminismo global, la liberación de las mujeres en todo el mundo. No se puede negar indefinidamente una cosa que ha sido claramente beneficiosa para las mujeres occidentales a otras mujeres, en nombre de la conservación de las tradiciones culturales indígenas (masculinas).

Todos éstos son motivos para pensar que gran parte de la glo­balización es fundamentalmente una fuerza beneficiosa, algo que merece la pena fomentar. Podemos ser evasivos y engañarnos a nosotros mismos, pero la verdad es que Occidente tiene razón al pretender extender su cultura por todo el mundo. Aunque no nos guste reconocerlo, todos somos misioneros y creemos que nues­tros métodos son los mejores cuando se trata de asuntos verdaderamente importantes; la libertad, la democracia, la liberación, la tolerancia, la justicia y el pluralismo. Nuestra cultura es la cultura de los derechos humanos universales y no hay concesiones posibles.

 Estos principios son la única esperanza de paz a largo plazo en los lugares desgarrados por las guerras. Quizá nos quedamos consternados al ver que nuestras exportaciones menos atractivas llegan a rincones lejanos antes que las cosas que realmente deseamos transmitir: la botella de plástico usada o la rapacidad codiciosa del capitalismo descontrolado suelen llegar antes que el mensaje de libertad. Pero los remilgos sobre la globalización de las ideas occidentales son a menudo frívolos y, aunque parez­ca paradójico, profundamente etnocéntricos, puesto que conside­ran que las libertades de los demás son opcionales, cuando las nuestras no lo son.

La pregunta sigue siendo si creemos lo suficiente en los dere­chos humanos como para mantener las presiones para que se difunda esa cultura de la libertad, y a qué precio para nosotros. La idea liberal. Concebida en la edad de la ilustración y nacida en las revoluciones de 1848, no ha tenido en los últimos ciento cin­cuenta años una imagen inequívoca de ganadora. Entre 1917 y 1989 libró un combate mortal y mundial contra el comunismo, mientras el fascismo atacaba por el otro flanco, pero ha acabado siendo la vencedora indiscutible.

Aun así, hay grandes zonas del mundo a las que su manto se limita a rozar. ¿Tiene Occidente la voluntad y la confianza nece­saria en la idea liberal para poder llevar su cruzada hasta los confines de la tierra? Debería tenerlas. Si la globalización no sig­nifica más que dejar que nuestras industrias conquisten a otros pueblos en una nueva modalidad de dominación mundial, y en el proceso nos arrebatan la capacidad democrática de controlar nuestras vidas, eso no es suficiente. La globalización tiene que avanzar con la misión de difundir también la cultura política y las ideas occidentales.

Es posible que con la guerra de Kosovo se empezase a com­prender que las sociedades occidentales tienen el deber moral de garantizar que la cultura política de los derechos humanos pene­tre en las fronteras de los lugares donde dictadores y autores de limpiezas étnicas se consideran a salvo. La debilidad y la ambivalencia con la que la mayoría de las democracias occidentales intervinieron en la guerra -con las vacilaciones sobre las tropas de tierra y los que, en pleno conflicto, intentaron retirarse- po­drían ser los dolores de parto de un nuevo orden mundial en el que se acepte que el mundo rico tiene la obligación moral de difundir los derechos humanos a todas partes.

O podría haber sido un único intento, antes de que el Occi­dente rico se retraiga a un aislacionismo egoísta y despreocupa­do y pierda todo sentido de responsabilidad mundial. Yo soy optimista, porque creo que el liberalismo es una cultura misione­ra por naturaleza y que busca inevitablemente la forma de extenderse por todo el mundo. Sólo la guerra fría y la amenaza de ani­quilar el globo en el proceso han impedido que el mundo liberal se dedicara seriamente a extender los derechos humanos univer­sales hasta ahora.

No obstante, existen aspectos de la globalización cultural a los que debemos y podemos resistimos. Por muy orgullosos que estemos de la libertad y la democracia, demasiadas veces van unidas a una cultura de libre mercado desenfrenado y unas teo­rías económicas que se basan por completo en una codicia insa­ciable. Fomentamos deliberadamente la ética de la codicia en todas partes con el fin de crear nuevos mercados, no prestamos di­nero más que a quienes aseguran compartir nuestra fe en él. Las economías occidentales sólo saben crecer o morir, producir en exceso y consumir en exceso, sin ningún concepto de saciedad.

  • Con un triunfalismo desvergonzado, al final de la guerra fría, Occidente envió a los antiguos rivales solamente la despiadada cultura del thatcherismo, que ha puesto a la antigua URSS de rodillas y ha permitido que campen por sus respetos la piratería y el bandidismo. Peor aún, ha arriesgado la reputación del capitalismo liberal y la democracia entre unas gentes desilusionadas. El mercado descontrolado no es el mejor embajador de la liber­tad, sin unos ideales de derechos humanos que lo mitiguen ni unas políticas que lo suavicen, como las que empleamos en nues­tros países para regulado y domesticarlo. El mundo comunista descubrió que no se podía tener una economía competitiva que prosperase sin libertad política; pero Occidente sabe que también es difícil poner freno al peor salvajismo del mercado libre en un sistema de libertades.
  • No obstante, se puede controlar un poco, y eso es lo que se necesita, sobre todo, en la esfera cultural. Hoy día, para proteger los elementos de nuestra vida cultural que valoramos por encima de la codicia, suele ser precisa una acción a escala mundial o, por lo menos, multinacional. Las industrias culturales globales requieren normativas globales. Una de las principales funciones de la Unión Europea será la de impedir el monopolio internacio­nal de las grandes fuentes de cultura en el futuro: información, comunicación, educación y entretenimiento. Voy a examinar de qué formas se pueden proteger nuestros activos culturales más preciados de los aspectos menos deseables de la globalización, esos embajadores de las libertades universales que deseamos promover, que corren enorme peligro si se dejan en manos de un mercado libre y sin regular. Voy a enumerar los riesgos para la prensa, la radio, la televisión, el cine, Internet, la música y el turismo.

Empecemos por los medios de comunicación. El poder multi­nacional de la Unión Europea le permite la posibilidad de impo­ner normativas mucho mejores sobre la propiedad de los medios. Si se ponen de acuerdo, sus miembros pueden emprender accio­nes políticas más audaces de forma colectiva y establecer una regulación más eficaz de las ondas que si cada uno actúa por su cuenta en los asuntos relacionados con la radiodifusión mundial.

Ya hay unos cuantos actores globales que controlan las principales fuentes de información y divulgación, un posible riesgo para la democracia. Por un lado, la nueva tecnología de los me­dios electrónicos permite que las personas en cualquier lugar, se comuniquen unas con otras y con el resto del mundo a través de la red, sólo con oprimir un botón. Al mismo tiempo, los magna­tes de los medios amenazan con eliminar la diversidad que ofre­ce la nueva tecnología.

El peligro es que, en ese caso, sólo saldrá una visión del mundo en cada televisión y cada ordenador del planeta: una sola visión de quién tiene la razón y quién no en cada disputa, un sólo estilo de gestión, un sólo formato de empresa, una sola teoría económica. Esa visión única seguramente estará diseñada por los triunfadores para los triunfadores y al diablo los que se que­den atrás. La extensión de las ideas de los derechos humanos universales y la libertad de palabra por todo el mundo no puede significar una diversidad de opiniones menor que la que existe cómodamente en las culturas occidentales, con un amplio espec­tro democrático que va de la extrema izquierda a la extrema derecha.

En Gran Bretaña puede verse la amenaza para la diversidad cultural que representan los grandes actores internacionales con intereses propios. Rupert Murdoch es un ejemplo muy claro de un fenómeno que el mundo va a ver más a menudo en el sector de los medios. Es un magnate que utiliza sus periódicos para intimidar a políticos y fomentar sus ideas políticas, no a favor de una determinada ideología personal, sino con el fin de llevar ade­lante políticas pensadas para sacar el máximo beneficio de su negocio en todo el mundo. Sus ideas furiosamente contrarias a la Unión Europea proceden de su miedo al hecho de que ésta es un foro muy poderoso que podría controlar sus actividades con más eficacia que cualquier gobierno británico por sí solo.

En los años ochenta, cuando Rupert Murdoch se propuso acabar con el poder de los viejos sindicatos de impresores, pro­metió ser un libertador y adquirir la nueva tecnología que, en teoría, iba a permitir a cualquiera fabricar su propio periódico mediante la edición por ordenador, con un coste muy reducido. La nueva tecnología iba a liberar a las imprentas, no sólo de los sindicatos, sino del dominio del típico grupo de empresarios de prensa heterodoxos repartidos por el mundo. La tecnología hizo todo lo que había prometido, pero las consecuencias sociales que se habían previsto resultaron estar equivocadas. No liberó a nadie más que a los propietarios.

Los lectores británicos no han obtenido ningún beneficio, porque no hay más diversidad de periódicos; uno ha cerrado, dos están en pleno descenso vertiginoso y dos corren peligro mortal. La calidad de los diarios no ha mejorado; son mayores, pero no mejores. La tecnología significa que ahora los periodistas pueden publicar más informaciones sin moverse de su mesa; el reporte­rismo real está en retirada y cada vez hay menos tiempo para explorar las historias creativas o de investigación.

Los periodistas, con frecuencia, son poco más que reprocesa­dores de informaciones dadas por comunicados del gobierno o de otras fuentes. Dichas informaciones las digieren y las modifi­can de acuerdo con los gustos del propietario. Es una ironía que, en una época de globalización y más interdependencia mundial, la mayoría de los periódicos hayan disminuido sus delegaciones en el extranjero a la cuarta parte, más o menos, de las que tenían hace diez años, y que hayan reducido el número de corresponsa­les especializados.

Tampoco se ha diversificado la propiedad de los medios, que siempre ha sido muy conservadora, ya que los magnates no sue­len ser precisamente de izquierdas. Aunque lo más probable es que los laboristas permanezcan en el poder, por lo menos, duran­te otra década más, la prensa es abrumadoramente conservado­ra. Sólo hay unos cuantos periódicos relativamente débiles con­tra las filas multitudinarias de Rupert Murdoch, Conrad Black y Lord Rothermere. Murdoch cuenta, por sí solo con el 41 por cielito del total de lectores de periódicos.

Antes había normas estrictas sobre la propiedad de los medios, que impedían que una empresa poseyera demasiados o que tuviera, a la vez, televisiones y periódicos. Margaret Thatcher se saltó todas esas reglas en los años ochenta para permitir que Murdoch adquiriese cinco cabeceras importantes. También asegu­ró una legislación Laborable para ayudarle a crear Sky TV, a cam­bio de su apoyo incondicional. A medida que iba controlando los medios, adquirió poder político sobre ella y todos los futuros pri­meros ministros. No hay razón para que el Parlamento no apruebe ahora nuevas leyes que vuelvan a imponer una restricción sobre el porcentaje de medios que puede tener un propietario. ¿Lo hará este gobierno? Es poco probable, aunque no imposible.

¿Por qué utiliza Murdoch sus periódicos para hacer campaña contra todo lo europeo? Porque sería más fácil regular la propie­dad de los medios a través de la Unión Europea, con normas vigentes en toda Europa. Aquélla podría decidir prohibir que fue­ran dueños los no europeos, con lo que Murdoch quedaría elimi­nado. La única razón por la que se nacionalizó estadounidense cuando compró grandes intereses en televisión y prensa fue que Estados Unidos tiene unas prudentes normas de protección sobre la propiedad de los medios por parte de extranjeros.

Pensemos en cómo ha empleado Murdoch sus periódicos para intimidar a gobiernos sucesivos y salirse con la suya en asuntos de normativas y comercio, recordemos cómo ha evitado prácticamente todos los impuestos para sus empresas, y vere­mos que ésa es la razón fundamental por la que no debe consen­tirse que ningún propietario de medios de comunicación adquie­ra un poder excesivo. Ésa es también la razón de que sea urgente y necesario contar con más cooperación multinacional en el ám­bito europeo; es la única manera de regular a esos gigantes de la prensa mundial.

Las nuevas tecnologías han tenido unos efectos muy similares en el sector de los periódicos de todo Occidente: la diversidad ha disminuido, en lugar de aumentar. En Estados Unidos, no hace mucho tiempo, había mil quinientos periódicos independientes que pertenecían a empresas de toda la vida; ahora sólo hay tres­cientos. Los demás los han comprado, en su mayoría, grandes cadenas que sólo pretenden ganar dinero con ellos, como con cual­quier otra mercancía, por lo que cambian de manos sin cesar. Con las nuevas tecnologías y una situación de monopolio local, se han convertido en un negocio muy rentable, que reporta habitualmen­te un 20 por ciento de dividendos para sus nuevos dueños.

¿Cómo han logrado esos beneficios tan fantásticos? En gran parte a base de recortar plantillas, incluidos los equipos de perio­distas. Han incorporado a contables procedentes de sectores que no tienen que ver con el periodismo para imponer cuotas de pro­ductividad a los reporteros. Un cálculo frecuente que se hacen los nuevos propietarios es que un periodista debe ser capaz de producir una información de primera página en 0,9 horas, es decir, elaborar cuarenta informaciones a la semana. Hasta este punto llega la locura si se permite el control ilimitado del merca­do libre sobre las industrias de la cultura.

La Unión Europea podría y debería proteger sus medios de comunicación con estas medidas:

1. Establecer un límite, vigente en toda la Unión, para la pro­piedad por parte de una compañía o un individuo, tanto en el interior de un país como de la Unión Europea.

2. Prohibir la propiedad de una cadena de televisión o un periódico por parte de personas o compañías de fuera de la Unión Europea.

3. Establecer un código de conducta en toda la Unión Euro­pea para los propietarios, que vaya acompañado de un código de conducta para los periodistas en general en toda la Unión.

4. Establecer unas normas consensuadas sobre la libertad de información para todos los países, que vayan acompañadas de unas normas sobre la intimidad, dado que dentro de las fronteras de un país no se pueden garantizar ni la información ni la inti­midad.

Si se actúa como colectivo, existe la posibilidad -sólo la posi­bilidad- de que la Unión Europea pueda garantizar unos criterios mínimos para los medios de información y cierta protección contra los depredadores globales. No se trata de que los gobiernos digan a los medios lo que tienen que contar, sino de intentar asegurar una variedad de voces entre los dueños. Tocqueville pronunció una frase solemne en 1830: «Sería disminuir la impor­tancia de los periódicos creer que sólo sirven para garantizar la libertad; mantienen la civilización». Tocqueville, por supuesto, no había leído The Sun, y poca gente podría decir con certeza que incluso el mejor de los tabloides está entregado a la causa de la civilización. Pero tenía razón en una cosa, los medios infor­mativos de un país nos dicen mucho sobre la naturaleza de esa sociedad.

Aunque no podemos cuantificar de forma satisfactoria la importancia cultural de los periódicos, casi todo el mundo está dispuesto a admitir que siguen siendo extraordinariamente po­derosos en nuestras democracias. Incluso con un número de lec­tores en descenso, su influencia política es mucho mayor que sus cifras de ventas. El tiempo dedicado a la lectura del periódi­co disminuye en todo el mundo, mientras que América OnLine afirma que ahora son más los jóvenes que se enteran de las noticias en Internet que en la prensa o en los informativos de tele­visión.

Sin embargo, a lo largo de toda mi vida profesional me han estado diciendo que los periódicos estaban moribundos, o inclu­so muertos, y que eran, sin ninguna duda, un medio del pasado, pero no veo señales, ni en Gran Bretaña ni en el resto del mundo, de que su voz en el terreno político haya perdido poder. Hay ade­más una relación simbiótica entre la prensa y la televisión que hace que las informaciones y los comentarios en los periódicos todavía suelan marcar la pauta de los debates y las informacio­nes en los medios audiovisuales. Mantener a ambos libres de interferencias del Estado y de las fuerzas descontroladas del mer­cado es igual de importante.

Los franceses poseen una sólida tradición de intentar prote­ger su lengua, su cultura y sus sectores culturales frente a la api­sonadora mundial. Son ellos quienes intentan convencer a la Unión Europea de que proteja nuestras industrias del cine y la televisión, Pero fueron los británicos, en la época de la señora Thatcher, los que más hicieron para prevenir y sabotear esta iniciativa tan útil en un ciego acto de locura, ya que Gran Bretaña es el principal exportador de televisión de Europa y, por tanto, el que más puede beneficiarse de la protección.

La Unión Europea intentó aprobar una directiva que insistía en una cuota mínima del 51 por ciento de programas europeos en cada cadena de televisión. El debate se celebró cuando Murdoch estaba a punto de lanzar su empresa de satélite Skv. Sky era una empresa arriesgada, que colocó a todo su imperio al bordo de la bancarrota. Se puso en marcha casi exclusivamente con programas baratos de la televisión norteamericana: aparte de los informativos y los deportes, sus canales siguen sin producir prácticamente ningún programa propio. Para asegurarse de poder lanzar Sky sin tener que hacer programas caros, Murdoch con­venció a la señora Thatcher de que empleara el veto británico para introducir en la directiva de la Unión Europea una trampa por la que Sky pudiera escaparse. Así que el gobierno británico añadió una cláusula esencial: las cuotas sólo tendrían que aplicarse «donde fuera posible». Skv, por supuesto, descubrió que a ellos no les era posible.

Desde entonces, nuevos canales por satélite y por cable en toda Europa han empezado a utilizar la misma cláusula de es­cape de Murdoch. Las ondas europeas están llenas de programas norteamericanos baratos, que Hollywood vende en grandes pa­quetes para obligar a las cadenas a quedarse con lo malo además de lo bueno. Todos los costes ya se han recuperado en el gigan­tesco mercado interior de Estados Unidos, así que los producto­res norteamericanos pueden vender sus programas en el extran­jero a precios tan bajos que los rivales indígenas nunca pueden competir, sobre todo en países con poca población e idiomas exclusivos como el sueco o el holandés (el portugués tiene ciertas salidas en Brasil).

Esto ha tenido repercusiones catastróficas para la balanza de pagos del creciente sector europeo del espectáculo. Antes del cable y el satélite, Gran Bretaña era exportador neto de progra­mas. En 1997 tenía un déficit de 272 millones de libras (73.440 mi­llones de pesetas). En parte se debe a que importa más progra­mas de Estados Unidos, pero también a que la competencia de Sky y otras cadenas ha elevado el precio de las películas y los programas norteamericanos más populares, como Friends, Ur­gencias o Los Simpson, Gran Bretaña es el segundo exportador­; después de Estados Unidos, pero sólo posee el 9 por ciento del mercado mundial de programas, frente al 72 por ciento de los norteamericanos. Estados Unidos es el mayor exportador a todos los países del mundo, pero es un tráfico de una sola dirección: no compra en el extranjero más que el 2 por ciento de los progra­mas. Los canales digitales añadidos nunca cuentan con una capacidad local de producción de programas equivalente, así que el déficit comercial respecto a Estados Unidos no hace más que aumentar en todo el mundo.

Un reciente informe encargado por el Ministerio británico de Cultura, Medios de comunicación y Deportes, que investigaba las razones por las que Gran Bretaña no exporta más programas, lle­gaba a la conclusión de que necesitamos más coproducciones con empresas extranjeras, con el fin de recaudar el dinero sufi­ciente para hacer series y dramas con la misma calidad de pro­ducción que los éxitos de Hollywood, Esta conclusión molestó a muchos productores británicos que han sufrido las limitaciones creativas de una coproducción. De todas formas, el imperativo económico para Europa está claro, y la Unión Europea debería establecer una red real de coproducción que sea capaz de compe­tir. La globalización se puede mitigar si hay personas dispuestas a emprender acciones,

Lo más preocupante es el rápido crecimiento de las empresas multinacionales que están devorando emisoras de televisión en todo el mundo, en unas fusiones que pronto empezarán a ser una amenaza para la diversidad. A medida que la televisión se con­vierte, cada vez. Más, en un anexo del inmenso sector de las te­lecomunicaciones, los conglomerados podrían tener pronto el poder necesario para controlar los medios globales. Las normati­vas de los gobiernos solían ser mucho más estrictas con la radio­difusión que con ningún otro medio, pero ahora, con las cadenas mundiales por satélite y por cable, esas reglas se han debilitado, Como ocurre con Murdoch en Gran Bretaña, el poder de los grandes propietarios de cadenas para intimidar a los políticos en sus propios países ha causado, muchas veces, la relajación de las normas, sobre todo las que se refieren a la propiedad cruzada de los medios de comunicación.

Muchos políticos de la Unión Europea se sienten intimidados por los grandes empresarios de la comunicación, por lo que la colaboración bajo las normas de la Unión es la mejor forma de proteger a las fuentes independientes de información. Italia es una excelente advertencia, Hace unos años, los políticos italianos intentaron disminuir el excesivo poder en los medios de Silvio Berlusconi. En vez de atreverse a enfrentarse directamente con él, convocaron un referéndum para que la gente decidiera si debían existir nuevas reglas sobre la propiedad de medios que impidieran que un dueño adquiriese un poder excesivo. La cam­paña fue un fracaso porque Berlusconi utilizó todos sus canales de televisión para bombardear a los espectadores con mentiras y mensajes que implicaban que dejarían de emitirse sus programas preferidos, el Estado controlaría todo y toda la televisión sería aburrida y estaría politizada. No sólo ganó el referéndum, sino que después ganó las elecciones y se convirtió en primer minis­tro, en gran parte, gracias a la fuerza bruta de su imperio mediático que le permitió salir elegido. Debería servir de advertencia para toda la Unión Europea.

Los informativos de televisión están dominados por un puña­do de cadenas que proporcionan las imágenes de la actualidad a todo el mundo: los canales de la CNN, la BBC y la News Corpora­tion de Murdoch. También están las grandes agencias de noti­cias norteamericanos. Todo esto está provocando una mayor homoge­neización de las informaciones, por lo que, aunque existen mu­chos canales nuevos de televisión en todo el mundo, todos se basan en la lista de asuntos informativos fijada por el pequeño grupo antes mencionado, y recuperan sin cesar las imágenes y prioridades que ellos les proporcionan.

Si se tiene en cuenta todo esto, Gran Bretaña tiene mucha suerte de poder contar con la BBC y que ésta sea uno de los gran­des nombres en el escenario mundial de la información, Aunque sólo sea porque la independencia de la BBC respecto a cualquier interés comercial siempre hará de ella un activo cada vez más importante en el sector de los medios, no sólo para los británicos sino para los países y canales que desean una visión del mundo alternativa a la norteamericana. Los grandes imperios como Time Warner, News Corporation, Sony, Kirsch, Bertelsmann, Berlusconi y los demás siempre se moverán impulsados por motivos comerciales: recuérdese cómo prescindió Murdoch de la BBC en su satélite Star, para China, cuando las informaciones de la cadena irritaron al gobierno chino, con lo que reveló que los principios del periodismo honrado figuraban muy abajo en su lista de prioridades comerciales. Gracias a la BBC, los británicos seguramente tienen menos que temer de la globalización que otros países. Su poder competitivo está demostrado por la ener­gía con la que Murdoch pretendió, en la Unión Europea, que debía obligarse a la BBC a no hacer más que programas educativos y para minorías. Argumentó que, al ser una cadena subven­cionada por el Estado, practicaba la competencia desleal contra sus rivales comerciales en el sector de los programas de masas. La condición especial de la radiodifusión estatal siempre va a encontrarse con oposición, y será necesario defenderla: las cade­nas estatales no son lo mismo que unas minas de carbón de pro­piedad estatal, y la cultura necesita normas propias. La BBC debería servir de modelo para que lo imiten otras democracias, con el fin de luchar contra ciertos peligros de la globalización.

¿Es inevitable que la televisión norteamericana domine el mundo? No necesariamente. El alarmante déficit de la balanza de pagos en programas importados de Estados Unidos se debe a los programas de relleno, baratos y poco vistos, que se exhiben a todas las horas del día o de la noche, no al número de especta­dores en las horas de máxima audiencia. Encubre el hecho de que los británicos, como cualquier otro país, todavía prefieren ver sus propios programas. En India, Murdoch cometió el error de lanzar su Star TV con un régimen de programas norteameri­canos, Y fracasó. Tuvo que sustituir las importaciones de Estados Unidos por películas .Y programas producidos en la propia India. La televisión digital todavía está en la infancia, pero todo indica que cada uno de esos canales tendrá públicos poco numerosos, con gustos especializados, mientras que los canales nacionales de tipo convencional que produzcan sus propios programas vencerán frente a las repeticiones norteamericanas. Incluso los pro­gramas de más éxito como Friends tienen audiencias de sólo dos millones, poca cosa en comparación con programas británicos en horario de máxima audiencia, que esperan tener diez millones de espectadores. Afortunadamente, los programas norteamerica­nos son menos populares que antes: en los años setenta, el hora­rio punta en la BBC estaba dominado por Dalias, Dinastía, Kojak y otros productos semejantes, así que, en este aspecto, la globali­zación televisiva ha retrocedido.

También merece la pena preguntarse si la cultura global que consiste en que todo el mundo vea Friends y comparta esa expe­riencia es automáticamente. per se, algo malo, puesto que se tra­ta de una experiencia que se comparte a escala mundial (y no tan horrible). En realidad, muchos comentaristas empiezan a lamen­tar la pérdida de la sensación de comunidad que se producirá cuando la gente ya no vea las mismas cosas. En la era de los canales múltiples, unos desconocidos en una parada de autobús ya no hablarán del último episodio del culebrón. Y la gente no siempre percibe las mismas cosas en lo que ve. Hace unos años, un estudio mundial de cómo se veía un episodio de Dallas en diferentes culturas descubrió que la gente percibía cosas extraordinariamente distintas, y definía el argumento y qué personajes eran buenos o malos como si hubieran estado viendo otra cosa. El cristal con que se mira ayuda a protegerse contra el exceso de homogeneización cultural.

El cine es todavía el motor comercial más importante de todo el mundo del espectáculo, tanto en la televisión como en las salas, y es el principal proveedor de estrellas y entretenimiento en los medios de comunicación. Los derechos derivados de las películas siguen multiplicándose: revistas, álbumes, artículos variados, desde las Happy Meals temáticas de McDonald´s hasta el nuevo y amplio sector de los videojuegos. Hollywood mueve mucho más que meras películas. Ésta es, en parte la razón por la que hay una larga tradición de que los países intenten defender sus industrias cinematográficas contra la competencia desleal de Hollywood, que muchas veces controla las grandes cadenas de cine y la distribución de los títulos. Francia posee un estricto sis­tema de cuotas y protección de su cinc. El resultado es que el número de estrenos extranjeros descendió durante los ochenta hasta aproximadamente el 65 por ciento. En Gran Bretaña, donde la protección de la industria se abandonó hace mucho tiempo, los filmes norteamericanos representan el 90 por ciento de los estrenos. En parte se debe a la capacidad de Hollywood para vender películas buenas y malas a la vez, en paquetes.

Los británicos tenían antes la norma de que los distribuidores equilibraran el número de películas norteamericanas con títulos hechos en Gran Bretaña, Como consecuencia, se hicieron algu­nas películas "de cuota" verdaderamente malas y baratas, sólo para respetar la ley. Desde luego, todos los sistemas de cuotas dan pie a situaciones absurdas. (Francia realiza muchas películas subvencionadas que nunca llegan a estrenarse.) Pero es evidente que ayudan a mantener viva la industria local. Ésta es otra cosa que se podría hacer en el ámbito de la Unión Europea, sobre todo en lo que refiere a forzar un sistema más justo de distribu­ción de títulos, que abra la puerta a las obras europeas. No se trata de negar el brillo, la imaginación y la calidad de producción de la industria cinematográfica estadounidense, sino detener la puerta entreabierta para permitir que las pequeñas industrias indígenas salgan adelante junto a este gigante.

La red informática mundial, Internet, es una fuerza beneficio­sa para el pluralismo global e incluso para la anarquía. Hasta ahora, su mérito ha consistido en la imposibilidad de controlarla. Sin censura y expresándose en múltiples lenguas, es la encarna­ción de la libertad cultural. Pero, dado que todavía son pocas las empresas de Internet que ganan dinero, aún es pronto para hablar. Por el momento, se sigue moviendo por impulsos que tie­nen que ver menos con el dinero que con casi cualquier aspecto de la vida moderna. Esperemos a ver si, de aquí a poco, unos cuantos participantes se hacen con el control de este nuevo uni­verso en expansión. Todavía no está claro si se convertirá en el medio fundamental de comunicación global o seguirá siendo una herramienta relativamente sectorial de la elite mundial. Pero hay que hacer todos los esfuerzos posibles para que siga estando lo más abierto posible durante los próximos años. Ofrece algunos de los mejores elementos de la globalización cultural porque une intereses específicos y especializados de todo el mundo como nunca antes, y permite una variedad más floreciente de la que jamás podría haber en un solo país.

La música penetra en la conciencia global más deprisa que cualquier otro medio de expresión cultural. Canciones, estilos, nuevos sonidos, flotan por todo el mundo sin ningún respeto por las fronteras, e influyen en todos los oyentes lo quieran o no. El pop surge de las radios en todas las plazas, el último éxito asalta los tímpanos en cada esquina de la calle global, bajo cada jaca-randa o cada palmera. Hoy, sólo seis compañías controlan prácti­camente todas las ventas de música grabada en el mundo: Thorn-EMI. Polygram, Warner y Sony poseen más del 70 por ciento en conjunto. El goteo de influencia en la dirección opuesta, a través de las músicas del mundo y otros sonidos, es infinitesimal en comparación con la explosión de sonido que sale de Occidente con destino a los oídos de todo el planeta.

¿Todo eso es malo? No hay duda de que la gran variedad de opciones y facilidad de compra de la música grabada han aumentado enormemente, pese a que el número de proveedores ha disminuido. En los diez últimos años, sólo en Gran Bretaña se produjeron diez mil ejemplares. En este sector no parece, a primera vista, que el hecho de que la música grabada esté en manos de unas cuantas compañías pueda ser tan peligroso y perjudicial como podría llegar a ser el monopolio de los medios informa­tivos.

El turismo es la globalización que mejor entendemos la mayoría de nosotros, en Occidente. El mundo se ha vuelto nues­tra concha, no hay ningún rincón demasiado caro ni demasiado inaccesible para la mayoría de las personas con el empeño sufi­ciente para viajar. Podemos ver y devorar culturas extranjeras con nuestros propios ojos; ya no es un lujo para unos pocos, sino una forma de abrir la mente para muchos. En 1995, 500 millones anuales de personas viajaron al extranjero. Gastaron 380.000 mi­llones de dólares [72 billones de pesetas] y se movieron, sobre todo, entre los límites de Europa occidental y Norteamérica. El crecimiento es asombroso, y se espera que para el año 2010 las cifras se hayan duplicado, según la Organización Mundial de Turismo. Ello querrá decir mil millones de personas al año.

Los viajes seguirán haciendo que el mundo parezca más pequeño, con más lazos culturales. Los pesimistas hablarán del expolio de todas las cosas en todas partes por las demandas gro­seras e insensibles del turismo occidental. Los optimistas tal vez confíen en que la situación del Tercer Mundo se vuelva más real y sea una inquietud política más seria para el Primer Mundo a medida que más votantes visiten países lejanos y se identifiquen con ellos.

La mezcla mundial ha aportado grandes riquezas culturales a Occidente. A lo largo de toda la historia, el descubrimiento de las artes, la arquitectura, el conocimiento, la ciencia, la horticultura, la medicina, las lenguas y las tradiciones de tierras extrañas ha supuesto nuevas oleadas de inspiración, junto a la llegada y la absorción de nuevos ciudadanos que llevan consigo nuevas cultu­ras, Los alimentos son un símbolo de lo que tiene de bueno y de malo la globalización. Toda la influencia beneficiosa de los extranjeros en la cocina británica es un ejemplo positivo de glo­balización. Ha convertido Londres en un centro culinario muy inesperado, un crisol de alimentos mundiales que está logrando exterminar los desagradables restos de nuestra propia cocina local, hace tiempo muerta. Con qué facilidad y felicidad se lanza Occidente a saquear todas las demás culturas que existen bajo el sol y las adapta a nuestros paladares. Es verdad que enviar McDonald´s a Roma o Pekín no es un intercambio cultural demasiado justo; volvemos al batido global de fresa del principio. Pero con el batido, obtienen otras cosas occidentales que desean con desesperación.

Así llegamos a la hora del balance. Los que temen la homoge­neización cultural se estremecen de ver la taza con los nenúfares de Monet que se vende en los puestos de la calle, o la Mona Lisa impresa en camisetas de todo el mundo. Pero extender la cultura lo más posible, incluso de maneras que no siempre agraden a los más entendidos, siempre es bueno, aunque se diluya. Al final, se gana más que se pierde en este gran intercambio global. Eso es lo que pensamos porque, en nuestros corazones, creemos que la cultura política e ideológica de Occidente acabará -o, al menos, debería acabar- por esparcirse por todo el mundo y en benefi­cio de todos.

No obstante, cada país puede proteger los elementos de su cultura que considere más valiosos: se pueden elaborar normativas locales que contengan la marea rosa cuando ésta ponga en peligro principios vitales. Gran Bretaña ha proporcionado varios modelos de protección cultural con la BBC y Channel Four; ambas cadenas son tesoros nacionales que otros podrían emular. Si la gente puede generar suficiente inquietud local y voluntad política, las sociedades libres siempre podrán idear formas de garantizar la pluralidad cultural e impedir la hegemonía de cual­quier amenaza cultural que adquiera demasiado poder.

Estas preocupaciones, sin embargo, son todavía relativamente superficiales en comparación con los valores culturales más importantes que Occidente intenta difundir por todo el mundo. La base de nuestra cultura la constituyen los derechos humanos, y de ese principio surge todo lo demás. Cuando todos los individuos tengan derecho a vivir a su manera, libres de tiranías políticas, religiosas, patriarcales o sociales, sus culturas se transformarán, de forma inevitable y para mejor. Habrá algunas pérdidas cultu­rales y sus correspondientes lamentaciones, pero las ganancias siempre serán mayores. Occidente, en sus numerosas manifesta­ciones culturales, es un defensor de los derechos humanos, aun­que muchas veces se resista a verlo o, hasta ahora, a desempeñar el papel con suficiente honor. Quienes consideramos que los derechos humanos son el primer principio esencial de cualquier sociedad que se precie debemos desconfiar de aquellos que pien­san que la globalización de dichos valores es imperialismo cultu­ral. Al abrazar la idea de las exigencias de igualdad entre los seres humanos, estamos tomando los derechos universales del individuo más en serio que cualquier otra cosa.

 

AGRADECIMIENTOS

Muchos datos recientes proceden de la excelente enciclopedia de información global escrita por David Held, Anthony McGrew, David Goldblatt y Jonathan Perraton, Global Transionnations, Londres, Polity, 1999.

Véase asimismo Building a Global Audience -British Television in Overseas Markets, David Graham and Associates, Ministerio de Cultura, Medios de comunicación y Deportes, 1999.

Doy las gracias por su información y sus consejos a Mathew Hor­shrnan, analista de medios, Henderson Crosthwaite; y también a Chad Wollen, coautor del Henley Centre for Forecasting´s Media Futures.

 

Fuente: Toynbee, Polly: «¿Quién teme a la cultura global?». En: Anthony Giddens y Will Hutton, En el límite. La vida en el capitalismo global. Barcelona, Tusquets, 2001, pp. 269-297.
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